La luz del mediodía en Nevada no pedía perdón. Entraba por los ventanales de la mansión con una ferocidad blanca, barriendo los restos de la penumbra fúnebre del día anterior. El olor a lirios había sido reemplazado por el aroma a café cargado y el sutil perfume de los productos de limpieza industriales. La casa estaba despierta, pero ya no lloraba; ahora, afilaba sus garras.
Tras un almuerzo rápido y silencioso, donde los platos chocaban con una precisión militar, el grupo se reunió en el estu