La mansión de Las Vegas, usualmente un monumento a la opulencia y el desenfreno, se había transformado en un mausoleo de lujo. El aire, filtrado por un sistema de climatización de última tecnología, arrastraba dos fragancias en una lucha encarnizada: el aroma cálido y reconfortante del cordero al romero y la pasta fresca que Madeleine preparaba en la cocina, y el olor gélido, dulce y asfixiante de los cientos de lirios y rosas blancas que ya inundaban el gran salón. Era la dualidad de la vida y