Un mes después la mesa del comedor estaba llena de papeles de colores, crayones, y restos de galletas. Leah hablaba sin parar sobre unicornios y luces brillantes, mientras Alex dibujaba un castillo con globos flotando alrededor.
—Yo quiero que haya una pista de baile —dijo Leah, con los ojos encendidos—. Y que todos tengan coronas. Hasta Adrien.
Adrien sonrió, fingiendo gravedad.
—Acepto la corona solo si es negra y tiene dragones. Nada de brillantina.
—¡Trato hecho! —gritó Leah, y Luci