La mañana en la mansión Moore era serena, con el sol apenas filtrándose entre los árboles del jardín. Isabelle caminaba descalza sobre el césped, buscando aire más que dirección. Llevaba días con el pecho apretado, y aunque no lo decía, Noah lo sabía.
Lo encontró junto a la fuente de piedra, sentado con una flor silvestre en la mano. Al verla, sonrió y se levantó con calma.
—Para ti —dijo, extendiéndola—. No es del invernadero, pero tiene carácter. Como tú.
Isabelle tomó la flor con una s