La habitación de Lucie estaba envuelta en una luz cálida, con cortinas suaves y almohadas dispersas como si esperaran confidencias. Camille se había acomodado en el sillón junto a la ventana, Lucie en el diván, e Isabelle se sentó en la cama, con las piernas cruzadas y una copa de vino entre las manos.
Camille la observó un momento, luego preguntó con tono suave:
—¿Estás bien?
Isabelle bebió un sorbo antes de responder, con una sonrisa tranquila.
—Sí. ¿Por qué no habría de estarlo?
Lu