Isabelle empujó la puerta de la habitación con fuerza. Lo que vio le heló el pecho. Celeste dormía plácidamente en el sofá junto a la ventana, envuelta en una manta color marfil, como si el cuarto que Isabelle había empezado a compartir con Noah fuera suyo por derecho.
—¿Esto es una broma? —preguntó Isabelle, el tono afilado como un cristal quebrado.
Noah iba subiendo las escaleras, suspiró, y se detuvo a la mitad cuando Isabelle habló.
—No estaba previsto. No tenía dónde quedarse esta no