York vibraba con esa belleza de ciudad vieja que no envejecía. Las calles mojadas por la llovizna convertían los adoquines en espejos rotos, y el sonido de los pasos de Isabelle se mezclaba con sus propios pensamientos. No tenía rumbo, solo una necesidad urgente de moverse. De alejarse de lo dicho, de lo no dicho, y de lo que aún ardía dentro de ella.
Al cruzar una esquina cercana a la galería Larenzo, lo vio.
Noah.
Apoyado en uno de los postes del pasillo exterior, traje impecable, manos en