La luz tenue del escritorio iluminaba el teléfono que Camille le había entregado. James se dejó caer en la silla de cuero, sintiendo la frialdad del dispositivo en su mano. Era un modelo discreto, idéntico al que él mismo había confiscado a Astrid, al que ella se había encargado de borrar cualquier evidencia, pero en ese estaba todo, había en el, un peso distinto: el peso de las respuestas que había estado buscando.
Desbloqueó la pantalla con paciencia. No tardó mucho en encontrar lo que buscaba.
El primer mensaje era de semanas atrás:
> **Astrid**: “Mantente cerca. Te diré cuándo y cómo. Ella no puede estar con él.”
> **Miranda**: “La puerta del garaje está abierta, puedes pasar cuándo quieras. Ahi mismo dejé el pañuelo de Isabelle bañado en su perfume.”
> **Astrid**: “Perfecto, Noah estará muy molesto con Isabelle si muerde el anzuelo. Yo me encargo de dañar los frenos del auto de Celeste.”
El corazón de James se aceleró. Deslizó el dedo, revisando las conversaciones. Me