El pitido rítmico del monitor cardíaco era el único sonido que se atrevía a romper el silencio sepulcral de la habitación 304. Era un sonido mecánico, frío, que marcaba la delgada línea entre la vida y la muerte, una línea que Baruk Baruk había cruzado y de la que había regresado a duras penas.
Selim entró en la habitación con el paso de quien entra en un santuario profanado. Cerró la puerta tras de sí con una suavidad reverencial, aislando el caos del mundo exterior. Allí, entre sábanas blanca