Selim sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Aceptar la prueba viviente de la traición de su esposo era una petición monumental. Pero al mirar a Baruk, viendo la súplica en los ojos de un hombre que siempre había sido de acero, comprendió que este era su intento de redención. No podía negarle la paz a su esposo.
Lentamente, Selim se inclinó sobre él. Acercó su rostro al de él y, con una ternura infinita, besó sus labios resecos. Fue un beso de perdón, de pacto y de amor incondicional.
—Así