Siempre había visto a Ariel como la villana de su historia, la mujer altiva que la miraba por encima del hombro. Pero hoy, bajo la luz grisácea del atardecer, solo veía a una mujer rota.
Con paso cauteloso, Zeynep se acercó.
—¿Estás bien? —preguntó suavemente.
Ariel se sobresaltó levemente, pero no se giró. Tomó un sorbo de su café y comenzó a caminar lentamente hacia una de las bancas de madera, ignorando la presencia de Zeynep.
Zeynep no se rindió. La siguió, manteniendo una distancia respetu