El ambiente en el comedor de Azra se había vuelto espeso, casi asfixiante. Abram y Leyla se observaban con una hostilidad que no necesitaba palabras para ser entendida; eran dos fuerzas opuestas que orbitaban alrededor de una Azra que, por primera vez, intentaba tomar las riendas de su propia narrativa.
Azra rompió el contacto visual con su hermana y se dirigió a Abram, con una desesperación que buscaba, más que nada, la validación de un pasado que aún le dolía. —Tienes que entender, Abram... y