El despacho de Baruk Seller se había convertido en un búnker de guerra. El aire estaba saturado de humo de tabaco y una tensión eléctrica que hacía que los vellos de los brazos se erizaran. Kerim caminaba de un lado a otro, como un león enjaulado, sus pasos rítmicos golpeando la alfombra persa mientras su mente se desbordaba.
—¡No, papá! ¡Pase lo que pase, no le entregaré a mi hijo! —exclamó Kerim, deteniéndose frente al gran ventanal—. Evan sería lastimado... Esa mujer, Azra, me está agotando