La atmósfera en la mansión Seller era asfixiante. El despacho de Baruk, que solía ser un santuario de orden y poder, se había transformado en el epicentro de una vigilia desesperada. Baruk caminaba de un extremo a otro, con el rostro surcado por la ansiedad, mientras Emmir permanecía al lado de su hermano, intentando ser el ancla de un barco que se hundía.
—Vamos, hijo... vuelve a llamarla —instó Baruk con voz ronca.
Kerim marcó el número por centésima vez. El silencio de la espera fue interrum