La noche se cernía sobre la ciudad como un manto de plomo. Zeynep permanecía inmóvil dentro de su auto, estacionado en una calle lateral, sumida en la penumbra. Sus ojos, hinchados y enrojecidos por un llanto que parecía no tener fin, se reflejaban en el retrovisor como los de una desconocida. El dolor ya no era solo una emoción; era una presencia física, un nudo de hierro que le apretaba la garganta.
—Me lo prometiste, Kerim... —susurró con la voz rota, golpeando suavemente el volante con la f