La calle solitaria parecía cerrarse sobre ellos como una tumba. Zeynep salió de su auto de forma errática, sus piernas flaqueando mientras tropezaba con el asfalto. El aire gélido de la noche no lograba enfriar el incendio de culpabilidad que le devoraba el pecho. Abram salió tras ella, sus pasos rápidos resonando con urgencia mientras la alcanzaba antes de que ella se perdiera en las sombras de los callejones.
—¿A dónde crees que vas en ese estado? —le espetó Abram, sujetándola por el hombro.