El silencio de la calle solitaria era interrumpido únicamente por el zumbido eléctrico de una farola vieja y el llanto sordo que emanaba del interior del vehículo. El teléfono de Zeynep vibró nuevamente, iluminando el habitáculo con una luz azulada que hacía resaltar las manchas de rímel en sus mejillas. Con las manos entumecidas, finalmente presionó el botón de aceptar.
—¡Zeynep! —la voz de Abram irrumpió, cargada de una angustia que parecía física—. ¡Por fin! ¿Por qué no contestabas? Dime dón