El apartamento de Abram era un refugio de paredes blancas y silencios sepulcrales que solo lograban amplificar los latidos desbocados en el pecho de Zeynep. Ella permanecía ovillada en el sofá, con la mirada fija en la puerta, sintiendo que el mundo exterior se había convertido en una jauría de lobos acechándola. De pronto, el timbre rasgó el silencio.
Zeynep se puso en pie de un salto, con el corazón en la garganta. Caminó con pasos vacilantes y, con manos temblorosas, giró el cerrojo. Al abri