La luz de la mañana se filtraba suavemente por las cortinas del apartamento. En la cocina, el sonido de los utensilios se mezclaba con el llanto del bebé que reclamaba su biberón. Zeynep, con el cabello suelto y ojeras marcadas por las noches de desvelo, movía con prisa el biberón entre sus manos para entibiar la leche.
—Ya, mi amor… ya casi está, tranquilo —susurró con voz suave, mientras lo mecía entre sus brazos.
El llanto del niño llenaba el ambiente, un eco tierno pero insistente que corta