En el pequeño apartamento de Azra, la penumbra lo envolvía todo. Las cortinas cerradas, las luces apagadas y el aire cargado de tristeza daban al lugar un aspecto opresivo. Azra estaba sentada en el borde del sofá, con el rostro hundido entre sus manos. Las lágrimas corrían sin cesar por sus mejillas, empapando la tela de su vestido. Su respiración era entrecortada; cada sollozo le partía el alma.
A pocos pasos, Abraham la observaba con fastidio, recargado contra la pared. Llevaba los brazos cr