El estruendo de la voz de Baruk Seller recorrió los pasillos de mármol como una onda de choque. No era un llamado; era una orden de comparecencia. En la terraza, bajo el cielo de obsidiana de Estambul, el tiempo pareció congelarse para los dos hermanos. Kerim y Emmir se miraron a los ojos, y en ese breve intercambio, se dijeron más de lo que habían expresado en años.
Kerim sintió que el aire se volvía sólido en sus pulmones. Tragó grueso, sintiendo el sudor frío perlársele en la nuca. El peso d