La paz de la mansión Seller, ese silencio sepulcral que suele preceder a las grandes tragedias, se hizo añicos cuando las puertas dobles de la entrada principal se abrieron de par en par con un estruendo violento. Ariel entró como un vendaval de furia contenida, su respiración agitada y sus ojos inyectados en una mezcla de terror y odio.
—¡Emmir! —gritó ella, y su voz rebotó en las molduras de yeso del techo, despertando a los fantasmas que habitaban en los rincones—. ¡Emmir, sal ahora mismo!
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