La noche sobre Estambul no era oscura, era de un gris plomizo que parecía asfixiar las luces de la ciudad. Emmir salió del edificio de Emma con el paso de un hombre que ya no pertenece al mundo de los vivos, sino al de los ejecutores. Sus ojos, antes cargados de una fría lógica empresarial, ahora albergaban un fuego antiguo, una sed de justicia que no se saciaría con papeles ni demandas legales.
Emma lo observó desde el umbral, con el corazón en un puño. —Prométeme que no harás una locura, Emmi