El aire en el despacho de Carlos se volvió denso, cargado con el olor metálico del miedo y el zumbido eléctrico de las luces fluorescentes que parecían juzgar cada movimiento. La pregunta de Emmir había quedado suspendida en el aire como una sentencia de muerte. Carlos, acorralado contra su propio escritorio de caoba, sentía que las paredes se cerraban sobre él.
—¿De qué estás hablando, Emmir? —balbuceó Carlos, intentando recuperar una pizca de esa arrogancia que lo había protegido durante años