El silencio que siguió al abrazo en el apartamento de Emma no era de paz, sino de una tregua agotada. El aire vibraba con el residuo de la violencia y la desesperación. Emmir, el hombre que siempre había caminado por la vida con la seguridad de quien posee el mundo, se dejó caer en el sofá, despojado de su armadura de heredero. Sus ojos, fijos en un punto invisible de la alfombra, reflejaban el colapso de una realidad.
Emma se sentó frente a él. Se frotó las manos, todavía temblorosas, y soltó