La noche en los terrenos de la mansión Seller no era silenciosa; estaba llena de los susurros del viento entre los cipreses y el zumbido eléctrico de las cámaras de seguridad que todo lo veían. Kerim no se había marchado. No podía. Su auto estaba estacionado a unos metros de la entrada principal, oculto parcialmente por la sombra de los muros. El motor estaba apagado, y el frío empezaba a colarse por las rendijas, pero él permanecía allí, con la frente apoyada en el volante.
Era una vigilia de