La noche, que para algunos era un refugio de estrellas y promesas, se había transformado en la mansión Seller en un escenario de caos absoluto. El eco de los gritos de Emmir aún vibraba en las molduras del techo cuando la figura de Gabriel se movió con la eficiencia de una sombra entrenada, marcando el número de emergencias. El silencio de la casa se rompió definitivamente, dando paso a un torbellino de pasos apresurados y lamentos que subían desde la planta baja.
Selim, que intentaba conciliar