El trayecto de regreso a la mansión fue un borrón de luces de neón y sombras alargadas. Emmir conducía con una calma gélida, aunque por dentro sus nervios vibraban como cuerdas de violín a punto de romperse. El olor a pólvora parecía haberse impregnado en los poros de su piel, resistiendo el aroma del cuero de su auto de lujo. Al cruzar el umbral de su hogar, el contraste fue violento: el silencio sepulcral de la casa, la calidez de las lámparas tenues y la paz doméstica chocaban de frente con