La mansión Seller, con su arquitectura imponente y sus jardines diseñados al milímetro, se sentía esa tarde como un mausoleo de secretos. Zeynep entró tratando de que sus pasos no delataran la agitación que le recorría el cuerpo tras su encuentro con Abram. Subió las escaleras casi sin respirar y se refugió en su habitación, el único santuario que le quedaba, aunque sabía que sus muros eran cada vez más delgados.
En la cuna, el pequeño Evan dormía plácidamente. Su respiración rítmica era el úni