El silencio que dejó Abram al marcharse fue rápidamente reemplazado por el zumbido eléctrico de una nueva estrategia. En el apartamento, la luz de la tarde caía oblicua, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire, ajenas al veneno que se destilaba en la sala. Leyla no perdió un segundo; su mente, una maquinaria de precisión legal y financiera, ya había trazado la ruta de ataque.
—Llamaremos ahora mismo a esa mujer —sentenció Leyla, extendiendo la mano hacia su teléfono inteligente co