El aire en la habitación matrimonial de los Seller era tan denso que parecía opacar la luz de las lámparas de cristal. Zeynep no podía quedarse quieta. Sus pasos rítmicos y nerviosos sobre la alfombra persa eran el único sonido que rompía el silencio sepulcral de la mansión. Cada minuto que pasaba sin noticias de Kerim se sentía como una gota de ácido sobre su piel.
—¿Dónde estás, Kerim? —susurró para sí misma, mirando de reojo la cuna vacía de Evan, quien dormía en la habitación contigua bajo