En el interior del lujoso apartamento, el aire estaba viciado por el aroma del café frío y la tensión eléctrica. Azra se dejó caer en el sofá de terciopelo, frotándose las manos con un gesto mecánico, tratando de suavizar la aspereza de sus nervios. Sus dedos aún recordaban la calidez de la piel de Evan, pero su mente solo repetía el eco de los gritos de Kerim.
—Nos esforzamos en vano... —susurró Azra, con los ojos fijos en la nada—. Todo fue un desastre. ¿Tienes idea de cuánto me odia Kerim ah