El crepúsculo se filtraba por los ventanales de la mansión Seller cuando el Mercedes-Benz de Kerim cruzó el umbral. Kerim y Emmir bajaron del auto con los hombros cargados por la fatiga de una jornada interminable en la compañía. Sin embargo, apenas sus pies tocaron el mármol del recibidor, el teléfono de Kerim vibró con una insistencia agresiva.
Kerim sacó el dispositivo de su bolsillo. Sus ojos se entrecerraron al ver el nombre en la pantalla. Emmir, que se desabrochaba el primer botón de su camisa, notó el repentino endurecimiento de la mandíbula de su hermano.
—¿Todo bien, hermano? —preguntó Emmir con una nota de curiosidad.
—Sí, todo bien —respondió Kerim, su voz era un hilo de acero—. Ve adelantándote a la sala. Voy a mi habitación a descansar un poco y a responder esta llamada. Es urgente.
Emmir asintió, sin imaginar que el mundo estaba a punto de tambalearse. Kerim subió las escaleras con pasos largos y pesados, entró a su habitación y cerró la puerta con un clic que resonó en