Mundo ficciónIniciar sesiónEn el día de su boda, Giovanni Ferrari y Florella Francesca Castello se encuentran ante el inicio de una vida juntos, desafiando las expectativas de sus familias. Mientras Giovanni, un carismático empresario, busca disfrutar de la vida con su nueva esposa, Francesca lucha por desprenderse de los valores conservadores que han definido su existencia. Su primera noche juntos está llena de nervios y malentendidos, lo que marca el inicio de un viaje complicado hacia la intimidad. A medida que su amor florece, también lo hacen las tensiones externas. La influencia de la madre de Francesca amenaza con arruinar su felicidad, sembrando dudas en la mente de su hija y obligándola a cuestionar la lealtad de Giovanni. En medio de este caos, una devastadora enfermedad pone a prueba su vínculo, revelando secretos y enfrentando a la pareja con sus peores miedos.
Leer másGiovanni FerrariSalí de la habitación de la UCI sintiendo que las paredes del hospital se cerraban sobre mí. El pasillo era un túnel blanco, aséptico y frío. Caminé hasta llegar a la salida de emergencias, empujando las puertas con una violencia que hizo que varios enfermeros se giraran.Necesitaba aire. Necesitaba que el aire de Palermo me limpiara los pulmones del olor a incienso y enfermedad que acababa de sellar mi destino.Me detuve en el estacionamiento. La tormenta había amainado, dejando el asfalto mojado y un frío que calaba los huesos. Saqué el teléfono.Mis dedos temblaban, no de miedo, sino de una rabia impotente. Miré el sobre de manila que aún sostenía. La verdad sobre "Perla" estaba allí, pero ahora no servía de nada. La enfermedad de Francesca me impedía hablar con la verdad y le había devuelto a Ágata el escudo de santidad que yo estaba a punto de destruir.Marqué el número de Alicia. Tardó tres tonos en responder.—¿Señor Ferrari? —su voz sonó llena de angustia—. Me
Giovanni FerrariEntré a la habitación de Francesca con el informe de Aníbal apretado contra el muslo. El sonido rítmico y metálico de las máquinas dominaba el espacio.Allí estaba ella. Francesca tenía la piel pálida bajo la luz blanca fluorescente. Sus ojos se abrieron, nublados por la sedación, y buscaron los míos.—Gio... vanni... —susurró. Sus labios estaban tan secos que parecieron agrietarse al pronunciar mi nombre.Me acerqué a la cama. El impulso de lanzarle la fotografía de "Perla" sobre las sábanas blancas fue casi insoportable. Tenía la verdad en la punta de la lengua, lista para destruir tantos años de reproches e infelicidad. Pero cuando estuve a su lado y vi la fragilidad de su cuello, la forma en que su pecho subía y bajaba con un esfuerzo sobrehumano, algo se detuvo en mí. No era piedad. Era una fría realización: si la mataba con la verdad ahora, Ágata ganaría. Ágata se convertiría en la mártir de una hija asesinada por los disgustos de su marido.Ágata entró detrás d
Giovanni FerrariEl sonido de las sirenas se hizo ensordecedor al entrar por los portones de la villa. Los paramédicos irrumpieron en la cocina con camillas y equipos que chocaban contra el mármol. El ambiente, antes gélido, se llenó de órdenes gritadas y el pitido errático de un monitor cardíaco.—¡Presión arterial en 60/40! ¡Está entrando en shock! —gritó uno de los enfermeros mientras le colocaba una máscara de oxígeno a Francesca.Me aparté. Me sentía un extraño en mi propia casa. Sebastián no soltaba la mano de su madre; caminaba pegado a la camilla mientras la sacaban de la cocina, lanzándome miradas que eran puñales de hielo. Justo cuando llegaban al vestíbulo, la puerta principal se abrió de par en par.Ágata entró. No caminaba, parecía flotar envuelta en sus velos negros. Su rostro, una máscara de arrugas y odio, se contrajo al ver a su hija entubada. No fue hacia los médicos. No preguntó qué había pasado. Se detuvo frente a mí y, sin mediar palabra, me cruzó la cara con una
Sebastián FerrariEl hambre era un agujero en mi estómago, pero el odio era más grande. Bajé a la cocina con sigilo, esperando que mi padre siguiera encerrado en su despacho planeando su nueva vida. Necesitaba algo de comer antes de encerrarme a estudiar. No quería cruzarme con nadie. La villa se sentía más fría que de costumbre, como si las paredes hubieran absorbido todos los problemas que cada miembro de nuestra familia cargaba encima.Entré en la cocina. La luz de los fluorescentes parpadeó dos veces.Allí estaba ella.Mamá estaba de espaldas, apoyada contra la encimera de granito. Tenía una mano en el pecho y la otra sostenía un vaso de agua que temblaba violentamente. Su respiración era un silbido agudo, un sonido de animal herido que me erizó el vello de los brazos.—¿Mamá? —pregunté, dando un paso al frente.Ella no respondió. El vaso se le escapó de los dedos y estalló contra el suelo. El cristal voló en mil pedazos, salpicando sus pies descalzos. Se giró lentamente. Su rost
Último capítulo