Mundo ficciónIniciar sesiónEn el día de su boda, Giovanni Ferrari y Florella Francesca Castello se encuentran ante el inicio de una vida juntos, desafiando las expectativas de sus familias. Mientras Giovanni, un carismático empresario, busca disfrutar de la vida con su nueva esposa, Francesca lucha por desprenderse de los valores conservadores que han definido su existencia. Su primera noche juntos está llena de nervios y malentendidos, lo que marca el inicio de un viaje complicado hacia la intimidad. A medida que su amor florece, también lo hacen las tensiones externas. La influencia de la madre de Francesca amenaza con arruinar su felicidad, sembrando dudas en la mente de su hija y obligándola a cuestionar la lealtad de Giovanni. En medio de este caos, una devastadora enfermedad pone a prueba su vínculo, revelando secretos y enfrentando a la pareja con sus peores miedos.
Leer másGiovanni Ferrari.
Parado en la entrada de la iglesia, esperaba ansioso la llegada de la mujer que amaba. Caminaba de un lado a otro sin poder contener el nudo que sentía en el estómago.
—Creo que estás a punto de abrir un surco en el piso —me dijo mi amigo tratando de quitar un poco la tensión, pero eso no fue suficiente para calmarme.
Estaba nervioso, imaginándome miles de escenarios. ¿Y si no venía? ¿Si se había arrepentido o se había dado cuenta de que no me amaba lo suficiente? ¿Sí su familia la retuvo? Me pregunté, sintiendo la angustia palpitar en mi pecho, tanto que incluso una leve capa de sudor comenzó a cubrir mi frente.
Mi amigo a mi lado me miró con una expresión de preocupación, se dio cuenta de que estaba a punto de colapsar e intentó de nuevo tranquilizarme.
—No tienes por qué preocuparte, Giovanni. Sabes que esa mujer te adora y sería incapaz de dejarte embarcado; tarde o temprano va a llegar.
Los invitados me miraban con interés, unos con curiosidad y otros con expresiones de lástima. Pues no era para nada común ver al empresario más prominente de Europa, esperando por más de veinte minutos a la novia, quien se había retrasado o probablemente había huido, cuando había prometido pasar el resto de su vida a mi lado.
De repente, la puerta de la iglesia se abrió, y todos los murmullos cesaron. Mi corazón se detuvo un instante. Allí estaba ella. Florella Francesca Castello. Aunque yo la llamaba Francesca. La mujer que había capturado mi corazón y mi alma. Vestida de blanco, con un delicado velo que caía sobre su rostro, a pesar de la sencillez de su vestimenta se veía deslumbrante.
Sus ojos brillaron con una mezcla de emoción y nerviosismo, y aunque sus pasos eran seguros, podía ver en su mirada que estaba tan asustada como yo.
—Mira, ahí viene —dijo mi amigo con una sonrisa amplia, pero mis oídos zumbaban, atrapando solo el latido acelerado de mi corazón y el ruido de sus pasos golpeando en el suelo.
Cuando Francesca comenzó a caminar hacia mí, cada paso resonaba como un tambor en mi pecho. Se acercaba, y con cada centímetro que avanzaba, el aire se volvía más denso. Todo lo que había planeado decirle se desvaneció. Las palabras se me atragantaron en la garganta.
Ella llegó hasta el altar, y en ese momento, todo el mundo a nuestro alrededor se esfumó. Solo existíamos nosotros dos. Tomé su mano, sintiendo su suave piel bajo la mía, y la miré a los ojos.
—Te ves hermosa —logré murmurar, sintiendo que el tiempo se detuvo en ese instante.
Ella sonrió, su nerviosismo desapareció por un instante mientras la felicidad iluminaba su rostro y yo me sentí un poco más enamorado.
—Gracias, Giovanni. Estaba tan asustada de llegar tarde… y llegué, incluso temí que te hubieses ido por tanto esperar —su risa nerviosa resonó en la iglesia.
—No hay lugar en el mundo donde prefiera estar, si no es aquí contigo, en este momento, y puedo esperar por ti el tiempo que quieras —respondí, buscando su mirada para asegurarme de que sentía la misma intensidad de este instante.
Sin embargo, de manera repentina, un sonido rompió la magia del momento. La puerta de la iglesia se volvió a abrir y un grupo de personas irrumpió en la ceremonia.
No eran unos invitados más. Era su familia. Se congeló en su lugar, y su sonrisa se desvaneció al ver a su madre, su hermana y varios amigos que claramente no estaban invitados.
—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó, con la voz temblando.
La tensión en el aire se volvió palpable. Su madre, una mujer de rostro severo y mirada penetrante, avanzó con determinación y se paró en frente de ella.
—Esto es un error. No puedes casarte con él. Giovanni no es el hombre que queremos para ti, es un libertino, ¡no te va a hacer feliz! —exclamó la mujer con una voz autoritaria.
Los murmullos se reanudaron entre los invitados. Mi amigo me miró, con la preocupación escrita en el rostro. Ella tragó saliva y miró a su madre con una mezcla de desafío y desamparo.
—No me vas a decir qué hacer, mamá. Esto es mi vida y estoy a punto de casarme con el hombre que amo —dijo con firmeza, aunque su voz se quebró ligeramente.
—No lo conoces como nosotros. Todos los Ferrari son unos promiscuos, que no hacen felices a sus mujeres, solo se quieren a sí mismos. No sabes lo que son capaces de hacer. No puedes fiarte de él, Florella Francesca —respondió su madre, levantando la voz.
Sentí cómo un frío recorrió mi espalda. Cada palabra que ella decía era como un puñal, intentando perforar la burbuja de felicidad que habíamos creado. Pero no iba a dejar que arruinara este día.
—Francesca, ¿quieres que hable con tu madre? —le pregunté, sintiendo la necesidad de defenderme.
—No, Giovanni. No ahora... no sé... —Ella me miró con ojos implorantes, y el dolor en su expresión me partió el corazón.
—No vayas a creerles. Ellos no tienen la razón —insistí, sin apartar la mirada de ella.
—Florella Francesca, escúchame —dijo su madre, llamando su atención.
—¡No! —gritó, su voz resonó en la iglesia. Se giró hacia mí, y en su mirada vi una mezcla de amor y temor. —Giovanni, ¿quiero saber si realmente me amas? ¿Si prometes ser el amor de mi vida y que pase lo que pase siempre estarás a mi lado?
—Por supuesto, mi amor. Sabes cuánto Te amo y haré lo que sea por hacerte feliz… por favor, no vayas a alejarte de mí.
—Si te casas con él, vas a ser infeliz por el resto de tus días —siseó su madre con una clara expresión de molestia, mientras su mirada se oscurecía.
Francesca vaciló, mirando de mí a su madre; el tiempo pareció detenerse mientras todos esperábamos su respuesta.
Giovanni FerrariSalí de la habitación de la UCI sintiendo que las paredes del hospital se cerraban sobre mí. El pasillo era un túnel blanco, aséptico y frío. Caminé hasta llegar a la salida de emergencias, empujando las puertas con una violencia que hizo que varios enfermeros se giraran.Necesitaba aire. Necesitaba que el aire de Palermo me limpiara los pulmones del olor a incienso y enfermedad que acababa de sellar mi destino.Me detuve en el estacionamiento. La tormenta había amainado, dejando el asfalto mojado y un frío que calaba los huesos. Saqué el teléfono.Mis dedos temblaban, no de miedo, sino de una rabia impotente. Miré el sobre de manila que aún sostenía. La verdad sobre "Perla" estaba allí, pero ahora no servía de nada. La enfermedad de Francesca me impedía hablar con la verdad y le había devuelto a Ágata el escudo de santidad que yo estaba a punto de destruir.Marqué el número de Alicia. Tardó tres tonos en responder.—¿Señor Ferrari? —su voz sonó llena de angustia—. Me
Giovanni FerrariEntré a la habitación de Francesca con el informe de Aníbal apretado contra el muslo. El sonido rítmico y metálico de las máquinas dominaba el espacio.Allí estaba ella. Francesca tenía la piel pálida bajo la luz blanca fluorescente. Sus ojos se abrieron, nublados por la sedación, y buscaron los míos.—Gio... vanni... —susurró. Sus labios estaban tan secos que parecieron agrietarse al pronunciar mi nombre.Me acerqué a la cama. El impulso de lanzarle la fotografía de "Perla" sobre las sábanas blancas fue casi insoportable. Tenía la verdad en la punta de la lengua, lista para destruir tantos años de reproches e infelicidad. Pero cuando estuve a su lado y vi la fragilidad de su cuello, la forma en que su pecho subía y bajaba con un esfuerzo sobrehumano, algo se detuvo en mí. No era piedad. Era una fría realización: si la mataba con la verdad ahora, Ágata ganaría. Ágata se convertiría en la mártir de una hija asesinada por los disgustos de su marido.Ágata entró detrás d
Giovanni FerrariEl sonido de las sirenas se hizo ensordecedor al entrar por los portones de la villa. Los paramédicos irrumpieron en la cocina con camillas y equipos que chocaban contra el mármol. El ambiente, antes gélido, se llenó de órdenes gritadas y el pitido errático de un monitor cardíaco.—¡Presión arterial en 60/40! ¡Está entrando en shock! —gritó uno de los enfermeros mientras le colocaba una máscara de oxígeno a Francesca.Me aparté. Me sentía un extraño en mi propia casa. Sebastián no soltaba la mano de su madre; caminaba pegado a la camilla mientras la sacaban de la cocina, lanzándome miradas que eran puñales de hielo. Justo cuando llegaban al vestíbulo, la puerta principal se abrió de par en par.Ágata entró. No caminaba, parecía flotar envuelta en sus velos negros. Su rostro, una máscara de arrugas y odio, se contrajo al ver a su hija entubada. No fue hacia los médicos. No preguntó qué había pasado. Se detuvo frente a mí y, sin mediar palabra, me cruzó la cara con una
Sebastián FerrariEl hambre era un agujero en mi estómago, pero el odio era más grande. Bajé a la cocina con sigilo, esperando que mi padre siguiera encerrado en su despacho planeando su nueva vida. Necesitaba algo de comer antes de encerrarme a estudiar. No quería cruzarme con nadie. La villa se sentía más fría que de costumbre, como si las paredes hubieran absorbido todos los problemas que cada miembro de nuestra familia cargaba encima.Entré en la cocina. La luz de los fluorescentes parpadeó dos veces.Allí estaba ella.Mamá estaba de espaldas, apoyada contra la encimera de granito. Tenía una mano en el pecho y la otra sostenía un vaso de agua que temblaba violentamente. Su respiración era un silbido agudo, un sonido de animal herido que me erizó el vello de los brazos.—¿Mamá? —pregunté, dando un paso al frente.Ella no respondió. El vaso se le escapó de los dedos y estalló contra el suelo. El cristal voló en mil pedazos, salpicando sus pies descalzos. Se giró lentamente. Su rost
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