El despacho de Baruk Seller, que apenas una hora antes parecía la antesala de un juicio final, se había transformado en el epicentro de una euforia casi maníaca. Baruk, con la camisa arrugada y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño, revolvía los documentos de la caja metálica como si estuviera contando lingotes de oro. Su risa, seca y cargada de un alivio salvaje, rebotaba contra las paredes de madera noble.
—¡Esto es increíble, hijo! —exclamó Baruk, golpeando el escritorio con la