El rugido del motor del auto de Zeynep fue apagándose conforme se adentraba en el camino de tierra que conducía a la propiedad de Emmir. El bosque, una muralla de sombras densas y susurros de viento, parecía tragarse el ruido de la ciudad y, con él, la vida que Zeynep acababa de dejar atrás. Detuvo el vehículo frente a una estructura de piedra y madera que exhalaba una paz casi dolorosa.
Zeynep bajó del auto, sintiendo cómo el aire gélido de la madrugada le quemaba los pulmones, recordándole qu