La luz de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de seda de la habitación principal, bañando la estancia en un tono dorado que invitaba a creer que los horrores de la noche anterior habían sido solo un mal sueño. Zeynep estaba sentada en la alfombra, rodeada de los juguetes de Evan. El niño reía, ajeno a las conspiraciones que amenazaban su mundo, mientras Zeynep le acariciaba el rostro, tratando de encontrar en su inocencia la fuerza que sentía perder.
La puerta se abrió y Kerim entró. Estaba impecable. Llevaba un traje de tres piezas en gris oscuro, hecho a medida, que resaltaba su figura imponente. Su presencia llenaba la habitación con un aura de poder y orden. Al ver la escena —Zeynep jugando con el bebé—, su rostro se suavizó notablemente.
—Buenos días —dijo él, ajustándose los gemelos de plata.
Zeynep levantó la mirada, forzando una sonrisa que esperaba pareciera natural.
—Buenos días. Te levantaste muy temprano.
Kerim caminó hacia ella y se inclinó para darle un beso c