El pesado portón de roble de la mansión Seller se abrió con un crujido elegante, rompiendo el silencio sepulcral que había reinado en la planta baja durante las últimas horas.
En la sala principal, bajo la luz tenue de las lámparas de cristal, Baruk Seller y su hijo menor, Emmir, compartían un momento de inusual quietud. Frente a ellos, sobre una mesa de caoba, descansaba un juego de té de porcelana fina. El vapor subía perezosamente de las tazas, llenando el aire con un aroma a bergamota y secretos.
Zeynep y Kerim cruzaron el umbral. Para cualquier observador externo, parecían la imagen misma de la armonía. Entraron caminando muy cerca el uno del otro, con una sonrisa ligera dibujada en los rostros y una complicidad que contrastaba violentamente con el caos con el que se habían marchado horas antes.
—Buenas noches —dijo Kerim, su voz resonando con una seguridad renovada.
Baruk dejó su taza de té a mitad de camino, entre la mesa y sus labios. Sus ojos, agudos como los de un halcón, re