El pesado portón de roble de la mansión Seller se abrió con un crujido elegante, rompiendo el silencio sepulcral que había reinado en la planta baja durante las últimas horas.
En la sala principal, bajo la luz tenue de las lámparas de cristal, Baruk Seller y su hijo menor, Emmir, compartían un momento de inusual quietud. Frente a ellos, sobre una mesa de caoba, descansaba un juego de té de porcelana fina. El vapor subía perezosamente de las tazas, llenando el aire con un aroma a bergamota y sec