Cuando la mesera se retiró, Abram se inclinó sobre la mesa, bajando la voz.
—Mírame, Zeynep. Respira.
—No puedo respirar, Abram. Esto es muy delicado. Yo podría ir presa también, ¿te das cuenta? Tú podrías ir preso por ayudarme con los papeles falsos. Por esta locura del bebé. Si nos investigan... se acabó todo.
—Tenemos pruebas, Zeynep —dijo Abram con calma, intentando ser el ancla en su tormenta—. Ella no quiso al bebé. Tú estabas ahí. Yo estaba ahí. Ella iba a botarlo, tal como se lo dijo a