El taxi amarillo se detuvo frente a la imponente reja de hierro forjado de la mansión Baruk. Zeynep pagó al conductor con manos que habían dejado de temblar para adoptar una firmeza fría. Bajó del vehículo, ajustándose el abrigo beige como si fuera una coraza contra el mundo que la esperaba adentro. El cielo de Estambul se había tornado de un gris plomizo, amenazando con una tormenta que parecía un espejo de lo que estaba por suceder dentro de esas paredes.
Zeynep cruzó el jardín delantero con