Carlos conducía con la música a todo volumen, golpeando el volante al ritmo de una canción de rock. Se sentía el rey del mundo. Tenía el dinero de Zeynep en un bolsillo y el adelanto de Ariel en el otro.
—¡Estúpidas! —gritó riendo—. ¡Todas son unas estúpidas! Zeynep me paga por silencio y Ariel me paga por ruido. ¡Y yo me quedaré con todo!
Tomó un atajo que conocía, una calle secundaria que pasaba por detrás de unos almacenes viejos, para evitar el tráfico del centro y llegar rápido a su hotel. La calle estaba solitaria, flanqueada por muros altos de ladrillo y poca iluminación a pesar de ser de día, debido a la sombra de los edificios.
De repente, de una bocacalle lateral, salió un hombre caminando, tambaleándose, justo frente a su coche.
—¡Mierda!
Carlos pisó el freno a fondo. Las llantas chirriaron contra el asfalto. El coche se detuvo a centímetros del peatón, quien se lanzó dramáticamente sobre el capó y rodó hacia el suelo, gritando de dolor.
—¡Aaaay! ¡Me mataste! ¡Mi pierna!
Ca