La cafetería elegida no era la misma donde Ariel y Carlos habían conspirado horas antes. Zeynep había seleccionado un lugar cerca del puerto, concurrido y ruidoso, donde el anonimato estaba garantizado por la multitud de turistas y trabajadores portuarios.
Zeynep apretó el bolso contra su costado. Sentía el sobre grueso en su interior como si fuera una piedra radiactiva. Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire salado del mar, y entró.
Carlos ya estaba allí. Ocupaba una mesa en una esquina, tamborileando los dedos sobre la superficie de madera con impaciencia. Al verla entrar, una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro demacrado. Se veía victorioso, ignorante de que era un peón en tableros mucho más grandes que el suyo.
Zeynep se acercó y se sentó sin quitarse las gafas de sol. No pidió nada.
—Llegas puntual, querida —dijo Carlos, intentando sonar encantador.
—No me llames así —cortó Zeynep con frialdad. Su voz no temblaba; había convertido su miedo en una determinación de ac