Un par de minutos después, la puerta del despacho se volvió a abrir, pero esta vez con una lentitud coqueta. Amanda, la atractiva ama de llaves y amante secreta de Maximiliano, entró al lugar portando una bandeja de plata con una cena exclusiva y una botella de vino tinto. Luciendo un uniforme ceñido que remarcaba sus curvas, le dedicó una mirada cargada de insinuación.
—Señor Maximiliano... aquí tiene su comida —dijo con una voz suave y profesional, fingiendo formalidad por si había micrófonos