En medio de la neblina densa de las luces de neón y el efecto devastador de la cocaína y el hachís, Delfina Genovese se movía en la pista de baile como una muñeca rota, entregada al delirio de la noche. Sus amigas ya habían desaparecido, pero a ella no le importaba. Toda su atención estaba fija en el hombre que la acechaba desde la barra VIP como un lobo a su presa.
Era Lukas Nygaard. Alto, imponente, de ojos grises tan fríos como el invierno de Oslo y el cabello rubio platino cortado al ras. L