El muelle privado número cuatro del puerto viejo estaba sumido en una oscuridad casi absoluta. La lluvia fina de la noche miamense repiqueteaba contra las láminas de los almacenes abandonados y el agua del mar golpeaba los pilotes de madera con un sonido lúgubre.
Coni Petrov bajó del auto que Alaric le había indicado, temblando no solo por el frío de la brisa marina, sino por el peso de la traición que estaba a punto de cometer. Llevaba la capucha de su sudadera puesta, ocultando su rostro páli