El escenario en el muelle 14 era desolador. Damián caminaba entre los escombros humeantes, el olor a caucho quemado y combustible llenando sus pulmones. El imperio que tanto le costó levantar en América estaba reducido a cenizas. Boris caminaba a su lado, con la mano en la culata de su arma, vigilando el perímetro.
De repente, el sonido de las sirenas cortó el aire. Varias patrullas de la policía de Nueva York y camionetas del FBI entraron a toda velocidad por la avenida principal del puerto.
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