La noche en la mansión Genovese era tranquila, interrumpida solo por el canto de los grillos. Amanda, la vieja ama de llaves, recorría el jardín con una pequeña linterna, inspeccionando los rosales que tanto le gustaba cuidar. Sus pasos se detuvieron cerca del muro perimetral cuando la luz de su linterna iluminó algo que no debería estar allí: un bulto oscuro sobre el césped, cerca de la verja.
Al acercarse, el corazón le dio un vuelco.
—¡Oh, no...! ¡Dios mío! —el grito de Amanda rasgó el aire