El cementerio ortodoxo de los suburbios de Nueva Jersey estaba cubierto por una neblina densa y gélida al amanecer. El ataúd de madera oscura era pesado, pero no tanto como el silencio que envolvía el lugar. Damián vestía un abrigo negro que le llegaba a las rodillas; sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras profundas, y su piel tenía un tono grisáceo que delataba su falta de sueño y su descenso a la locura.
La ceremonia era estrictamente rusa. Un sacerdote ortodoxo entonaba cantos lúgubre