La luz de la habitación era suave, blanca, demasiado pura para alguien acostumbrada a la oscuridad de la mansión Petrov. Anastasia abrió los ojos con lentitud, sintiendo que cada fibra de su cuerpo era una llaga abierta. El oxígeno que recibía por una cánula nasal le dejaba un sabor metálico, y el suero le proporcionaba una pesadez extraña en el brazo.
Intentó moverse, pero el dolor en sus costillas la hizo ahogar un grito. El pánico, su compañero fiel de los últimos días, regresó de golpe. El