Davian Taleyah
La sala de juntas olía a perfume barato, a cuero nuevo y a estrés. Habíamos pasado más de tres horas revisando las condiciones del contrato con aquella firma de arquitectura que buscaba asociarse con mi empresa. Todo estaba en orden: cifras, tiempos, permisos. Lo único fuera de lugar era ella.
Lucía Salvatierra.
Humana, cabello liso, vestido ajustado que no dejaba mucho a la imaginación. Desde que había llegado a mi edificio, no había dejado de intentar llamar mi atención con su